Soy la Hermana Teresita Aguilar, vicentina de Zagreb, y vivo en la comunidad de las Hermanas en el Colegio del Inmaculado Corazón de María. Llegué aquí hace más de cincuenta años, en febrero de 1972, primero como interna, luego como aspirante, postulante y, más adelante, como religiosa. Desde mis primeros días tuve la bendición de acompañar a la Hna. Slava en su misión como maestra de preescolar y en todas sus incansables andanzas en el servicio al prójimo.
Puedo dar testimonio de su profunda vida espiritual y de su trato familiar con la Santísima Trinidad, a quien consideraba Huésped ilustre y amable de su alma. Oraba constantemente al Dios Trino para que toda la humanidad lo conociera, amara y glorificara, y así, un día, todos pudieran estar con Él en el cielo. Ella no sólo le ofrecía sus oraciones, sino también cada latido de su corazón, cada paso, esfuerzo y alegría, especialmente en los momentos de dificultad, cuando las tareas parecían abrumadoras, renovaba su entrega al Señor con una fe inquebrantable, auténtica y obediente.
Tenía una voluntad firme y una determinación radical. Como ofrenda y oración, sacrificaba sus gustos y se privaba de pequeños placeres, como los dulces, la lectura del diario o ver el noticiero. En particular, durante la guerra en Croacia, su país de origen, ofrecía esa renuncia como oración por la paz. Siempre alentaba a los demás a no desperdiciar ninguna vivencia, sino a entregarlo todo al Padre Celestial: alegrías, penas, esfuerzos, dolores y lágrimas, confiando en que Dios transforma todo para nuestro bien.
Después de la comunión, solía compartir conmigo que le ofrecía a Jesús el amor de la Santísima Virgen, el perfume de las flores y el cariño de las madres. Y no sólo lo expresaba en la oración, sino que también lo manifestaba con gestos concretos. Aunque el sagrario ya tuviera flores, ella siempre le colocaba un pequeño florero con un ramito de jazmines frescos, cuyo aroma especial lo endulzaba todo. La delicadeza con la que lo hacía, reflejando su profundo amor a Dios, me conmovía profundamente.
Como maestra de preescolar, la recuerdo recibiendo y tratando a cada niña y a sus padres con ternura y dedicación. Para enseñar las letras, componía pequeñas poesías y canciones impregnadas de amor a Dios, con toda su fuerza y alegría. En cada palabra, gesto y acción se reflejaba la calidez y profundidad de su vida interior. Las celebraciones que muchas recordarán, esas fiestitas que organizaba con los niños, eran verdaderos actos de amor a Dios y de alegría para sus familias y todos los que participaban. Eran motivos en los que su corazón se desbordaba en gratitud y servicio para alimentar espiritualmente a las personas.
Pienso que, así como la Hna. Slava se sentía templo de la Santísima Trinidad, también veía en cada persona la presencia viva de Dios, sin importar su condición. Niños, adultos, ancianos, pobres o ricos, enfermos o desaliñados, todos recibían de ella una sonrisa, una palabra cariñosa, un abrazo y un beso en la frente. Al igual que San Vicente, descubrió y amó a un Dios vivo en el prójimo, por lo que su entrega era total. Regalaba su amor, su tiempo y la Buena Nueva de un Dios que ama y habita en cada corazón.
Su fidelidad y perseverancia en lo que se proponía eran admirables. Se organizaba con tal disciplina que nunca faltaba a sus compromisos, sin importar el clima o los imprevistos. Si reservaba un día del mes o de la semana para sus visitas, lo hacía a pesar del calor, del frío, de la lluvia o de otros múltiples quehaceres, "Seguro que los niños, los ancianos o los presos nos estarán esperando, no podemos dejar de ir", decía con convicción. Y así, con un amor sincero, abrazaba y besaba a todos, más allá de su apariencia o condición.
Confiaba plenamente en la Providencia, y por eso nunca le faltaba algo para dar. Siempre encontraba una manera de aliviar las necesidades de quienes se acercaban a ella. Su gran amor por su patria también fue inmenso, y pienso que renunciar a volver a Croacia fue el mayor regalo que pudo ofrecer al Señor. Cuando tuve la dicha de conocer ese país, con el incomparable paisaje de su mar Adriático, sus montañas y sus cientos de islas maravillosas, sacadas de un cuento de ensueño, comprendí la magnitud de su entrega. Su sacrificio la acompañó toda su vida, pues amó tanto su tierra, con toda su belleza, que decidió ofrendarla a Dios como prueba de su amor.
La última noche de su vida en la Tierra, en julio de 2002, ya no podía hablar, pero permanecía consciente. Junto con otras hermanas, la acompañamos en la cabecera de su cama. Y así, como ella me enseñó, siguiendo su ejemplo de ofrecer todo lo que somos y hacemos a Dios, me acerqué a su oído y le ayudé a entregarle al Señor todo lo que fue e hizo en su vida: "Señor, te ofrezco y te regalo mi vida, mis pasos, mis latidos del corazón, mis trabajos, los sufrimientos, mi enfermedad, las personas que me ofendieron y a quienes yo ofendí. Te regalo mi linda patria, Croacia". En ese momento, cuando mencioné a Croacia, yo que tenía sus manos en las mías, sentí cómo su cuerpo se estremeció. Fue una revelación más de cuán grande había sido su sacrificio. No volvió nunca a su tierra, su cuna, no porque no la amara, sino porque la amaba tanto y era lo máximo que podía ofrecer, que la entregó como el mejor don al Dios de la vida y Dueño de todo el Mundo.
Que el Señor, en recompensa por su generosidad, le conceda gozar plenamente de la patria definitiva y que, desde allí, interceda por nosotros, para que también tengamos la gracia de descubrir a un Dios que nos ama y nos habita, y sepamos responder con la misma generosidad a su inmenso amor.
Habría mucho más que contar, pero esto es lo que me salió. Aún así, puedo decir que es la síntesis de lo que quedó grabado en mi corazón y que sigue iluminando mi vida y mi apostolado. Acompañando el camino de la Hna. Slava en su labor con los enfermos, en la catequesis de las periferias de Asunción, en la cárcel, en el hospital psiquiátrico y en los hogares de ancianos, bebiendo de su experiencia de fe, comprendí mi llamado a la vida religiosa, entregándome así enteramente al servicio de Dios y del prójimo.
Que permanezcamos unidos en el amor de Dios y en el Corazón de María, sintiéndonos siempre como hermanos muy amados.

